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Jorge Luis Borges: muchas vidas y una muerte

 

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Heredero de una estirpe de seis generaciones castigadas con la ceguera, un 24 de agosto de 1899 nació Jorge Luis Borges, en el centro de Buenos Aires, entre Suipacha y Esmeralda, en casa de los abuelos maternos.


Místico y farsante; escriba argentino convencido de que la literatura fantástica es una rama de la metafísica y que pronto se sabría condenado "a repetir los mismos versos pero con variaciones preciosas", como recordó años más tarde, en el epílogo a sus Obras Completas.


Borges murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra, Suiza; sujeto a los caprichos del tiempo y la eternidad, de la memoria y del olvido, profesó la filosofía de la perplejidad y tramó la mitología cotidiana de un Buenos Aires que nuca fue.


Ficción dentro de una ficción, hegeliano a ratos, víctima de los vaivenes del Espíritu y de la historia, presintió (o soñó) que él también pudo sitiar Troya, ser Ulises, Jasón, Jesucristo. Ya en 1940, en un cuento titulado Tlön, Uqbar y Orbis Tertius, decía: "todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare".


La tentativa de la revelación


En el prólogo de Otras Inquisiciones escribió: "La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético".
A diferencia de Jasón y los argonautas, los personajes borgianos encontraron el vellocino de oro y no lo llevaron a casa, o lo escondieron, o simplemente lo olvidaron.


El mago Tzinacán no pronunciará jamás, en voz alta, las cuarenta sílabas que restablecerán al imperio azteca; Paracelso se negará a revelarle al joven discípulo la palabra que resucite a la rosa de las cenizas; y el secreto admirador de Beatriz Viterbo, por gracia del olvido, perderá en el recuero la tarde en la que vio el Aleph.


El infinito y la eternidad como maldición


Dice Maurice Blanchot, en” El libro que vendrá”, que Borges se enfrentó "a la mala eternidad y a la mala infinitud". Si Platón fraguó una utopía para los griegos que, en tanto bella, era buena, la utopía borgiana está deshecha: En El informe de Brodie, el rey de los Yahoos gobierna untado de estiércol; "le queman los ojos y le cortan las manos y los pies, para que el mundo no lo distraiga de la sabiduría".


La eternidad, perdurar, dilatar la vida, es lo mismo que morir una y otra vez. Fue en boca de Adolfo Bioy Casares (el personaje) que Borges arrojó esta claridad en las primeras líneas de Tlön: "los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres".


Con una utopía enferma y una eternidad maldita, la infinitud no puede ser otra cosa que horror: Funes, el memorioso, es prodigioso y abominable a la vez.


Pero el tiempo viene siempre al quite. En el poema Las cosas el olvido se transforma en el último bastión de la memoria: bastón, monedas y llaveros "no sabrán nuca que nos hemos ido".


Borges salió al encuentro del infinito y retornó con una misteriosa claridad sellada en unos versos de Alguien: "Quizá en la muerte para siempre seremos".

 

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Fuente: AVN
Fotografia: Referencial
Fecha: 14.06.2017

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